Me desperté el lunes sabiendo lo que me tocaba; entrar en casa de Jorge. Intenté por si acaso llamar a su amigo Juan para razonarle que quizás era mejor que viniera y entrara él. Así se desarrolló la conversación más o menos:
-Yo había pensado que quizás es mejor que pases tú, que eres su amigo.
-Pero, ¿para qué te dio las llaves a ti?
-Me las dio hace tiempo, cuando vivía su madre, por si pasaba algo... no sé.
-Bueno, entonces puedes pasar, yo creo.
-(¿comorr?) Vale, mira -derrotada- ahora voy. Te llamo en cuanto sepa algo.
Total, que cogí las llaves del ganchito del que solo se descolgaron en una única ocasión en que Jorge las necesitó, y bajé los ocho escalones que me separan de su rellano aferrándome a ellas. Oí una puerta cerrarse un piso más arriba y pasos bajando... ¡mi vecino Hector!
-Tengo un marrón -le solté en cuanto le tuve delante- Jorge está desaparecido desde hace tres días y tengo que entrar a ver si está dentro. No sé ni lo que me voy a encontrar.
-Ostras -dijo Hector con la cara de circunstancias que requerían las circunstancias- ¿Quieres que me quede aquí por si... ?
-Pues sí, si no te importa...
Con gran acojone en el cuerpo, metí la llave en la cerradura y abrí la puerta -juro que chirrió. Al hacerlo vi un pasillo oscuro, con papeles y bolsas y cosas por el suelo. Olía todo a cerrado, a rancio. "¡Jorgeee! Jorge... soy yo, Laura!" No recibí respuesta. Intenté encender la luz, pero no funcionaba. Probé en otro interruptor más adelante, con el mismo resultado. Todo estaba muy oscuro; tanto que tuve que volver a casa a por una linterna.
Ahora lo recuerdo todo como en una película extraña; fogonazos de luz iluminando esa oscuridad rancia y sórdida, siempre acompañado del extraño sonido de los engranajes de la linterna: "fuichi fuichi fuichi", tropezando con papeles, ropa, medicinas por el suelo. La cocina, el baño... todo un caos mugriento. Muy mugriento y muy oscuro; todas las persianas bajadas. Por fin llego a la habitación -"que no esté, que no esté..."- ilumino la cama a fogonazos, un revoltijo pardo de sábanas y mantas (fuichi, fuichi). Un terrible alivio en medio de aquello; no está en la cama. (Fuichi, fuichi) tampoco está en el suelo, (fuichi, fuichi) ni debajo de la cama...
Salgo de la casa en estado de shock, y Héctor está mirándome, interrogándome con los ojos como platos. "No, no está -le digo resoplando- pero no veas lo que hay ahí... ¡uf! preferiría no haberlo visto, de verdad."
Un par de días más tarde por fin encontraron a Jorge: llevaba todo ese tiempo interno en la UCI del Ramón y Cajal, con una pulmonía, que casi se queda en el sitio. Pero parece que se va a recuperar.
Después de mucho asimilar y reflexionar sobre lo que había visto en la casa decidí "chivarme" a su amigo y a su tía de 85 años (que también se puso en contacto conmigo) sobre el estado en el que vive Jorge, para ver si pueden ponerle un asistente social que le atienda; es imposible que este hombre pueda estar bien mentalmente viviendo en esas condiciones.
Les pedí a él y a su tía que no le dijeran que yo había pasado a su casa, porque se iba a avergonzar de que yo la hubiera visto. La siguiente vez que hablé con la tía me dijo tan campante: "Le dije: cuando salgas de aquí tenemos que hablar, que tuvo que entrar tu vecina en tu casa a ver si estabas y menuda se encontró. ¡Ni luz tienes!". Anda mira. Muchas gracias, tía de Jorge.
Les pedí a él y a su tía que no le dijeran que yo había pasado a su casa, porque se iba a avergonzar de que yo la hubiera visto. La siguiente vez que hablé con la tía me dijo tan campante: "Le dije: cuando salgas de aquí tenemos que hablar, que tuvo que entrar tu vecina en tu casa a ver si estabas y menuda se encontró. ¡Ni luz tienes!". Anda mira. Muchas gracias, tía de Jorge.
En fin, tremenda historia navideña... aunque con final relativamente feliz. A ver por dónde va saliendo la cosa...
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